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Cicatrices en el hígado

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Tengo cicatrices en las manos, si, y también marcas de batalla sobre la piel; pero sobre todo crecen donde nadie mira, en el silencio oscuro de la amarga hiel.   Y es que cada noche descorcho los recuerdos, como quien abre una triste y vieja prisión, y los dejo flotar en la volatilidad del alcohol, donde naufragan en pos de un hundido corazón.   Bebo despacio los nombres que no vuelven, promesas que aprendieron a mentir, lágrimas amargas que se entremezclan con el sabor metálico y oxidado de existir.   El vaso no contiene solo vino, lleva despedidas, culpa, odio y rencor; lleva todos aquellos “casi” de mi vida disueltos en su falso espejismo de salvación.   Y mientras el mundo duerme sin saberlo, yo negocio la paz con el dolor; él me cobra intereses cada noche, dejándome cicatrices en el hígado, donde antes guardaba el amor.

En tu deriva

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¿Cómo mantener la calma si en mi cabeza eres un Red Bull desbordado, un pulso acelerado en las arterias que aprende a doler como si fuera sagrado?   ¿Cómo fingir que no pasa nada si te bebo a sorbos de insomnio lento, para mantenerme despierto en tu idea, para habitarte sin consentimiento?   Eres una fiebre que duda, un latido que irrumpe sin pedir permiso, vértigo dulce clavado en la nuca, un “casi” constante que nunca es preciso.   Y yo, mientras intento apagarme, acabo encendiéndome en tu deriva: como esos incendios que no se detienen y solo aprenden a llamarse vida.

Zombis

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Votar, pagar y callar. Ese es el credo. Zombis, borregos, ovejas obedientes, hormigas en fila, un rebaño de ciegos. De casa al trabajo, del trabajo a casa; la misma ruta, la misma jaula, el mismo día disfrazado de calendario. Como presos bien alimentados: un rato de patio, algo de comida y de nuevo a la celda. Pantallas, vídeos y redes, el ruido que nos distrae, la luz que nos adormece, las cadenas que ya nadie ve. La cabeza vacía, una mascarilla, una papeleta, una urna. Impuestos, facturas, consumo sin descanso; comprar para olvidar, trabajar para comprar. Y la vida pasa, vuela, llevándose los sueños que una vez tuvimos, los que prometimos perseguir. Al final, ¿Qué nos queda? Un ejército de zombis, de borregos dóciles, de ovejas que caminan juntas sin preguntarse nunca quién les enseñó el camino.

Invencible

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    Zarpó creyéndose destino,   con los mástiles erguidos   como catedrales que desafían al viento. Cada barco llevaba un sueño amarrado al casco,   un reino entero latiendo bajo cubierta,   y en los cañones no había pólvora solamente había fe, orgullo, hambre de eternidad. Pero el mar, viejo dios sin bandera,   se burló de los hombres y de sus imperios.   Deshiló las velas como quien rompe cartas de amor   y arrojó los galeones contra la noche. ¡Maldita noche! Qué parecidos son los sueños a aquella Armada ¿verdad?,   parten invencibles hacia tierras imposibles,   conquistándolo todo en la imaginación   y naufragando, a veces, contra sí mismos. Y es que hay derrotas que no las firma el enemigo, sino el viento. Y como tal, recuerdo es, historia imborrable, viento, fuego, memoria del tiempo, un susurro eterno… Invencible.

Mi manera más eterna de existir será morir

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Cuando el tiempo termine de pronunciar mi nombre, y la tierra reclame lo que siempre fue suyo, de mi descomposición nacerán flores que no sabrán nada de mis errores.   Quizá sea entonces cuando por fin sirva para algo: alimentar la belleza sin tocarla, dar color al mundo sin mancharlo, sostener la vida desde el silencio.   Porque fui torpe con el amor. Hice llorar a los únicos ojos que alguna vez quisieron verme feliz. Y aún cargo esa tristeza como quien lleva invierno bajo la piel.   Pero tal vez la naturaleza sea más sabia que yo. Quizá convierta mis ruinas en jardines, mis culpas en raíces..., y mis restos en pétalos que se abran al sol.   Así, donde yo termine, algo hermoso comenzará.

Odisea

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Ulises huía de las sirenas -de policía-, con Troya ardiéndole aún dentro de la cabeza. Arrastraba, prisionero, un caballo de madera cargado de sueños, del que escapaban, heridos, sus anhelos. El mundo olía a vino viejo y a vicio roto, a hombres perdiéndose lejos de sí mismos, hombres que olvidaron su destino. Pero él seguía el hilo rojo de su sino, cruzaba el dolor y el precipicio por volver a los ojos de su camino.   Y es que Penélope era tranquilidad en medio del abismo, paz entre la guerra, la única verdad sobre la tierra, la luz que no naufraga con la luna. Ella era su Ítaca, su fuego, su sentido… Él, marinero del dolor y del camino. Y aunque los mares, el tiempo y la guerra rugieran, a pesar de que el tiempo lanzara su condena, ni el mar, ni Aquiles, ni Héctor… ni el mismísimo olvido pudieron separar aquella escena, ya que hay amores que ni los dioses destierran: “dos almas que se buscan sin ruido”.   Porque la Odisea no era volver a casa, no...

Los puros

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Los puros son esos que van al campo, los que aún entran en museos y catedrales, los que rezan todavía en medio del ruido y del caos. Son los que escuchan música donde otros solo oyen ruido, los que todavía conservan intacta el alma. Los castos. Los no materialistas. Los que leen y aún creen en el amor. Los que caminan sobre escombros y aun así construyen. Los que sonríen, los que desafían la fatalidad. Los que no viven arrodillados ante vitrinas y centros comerciales. Los últimos espartanos buscando sus Termópilas. Samuráis sin caballo. Hombres del libro y de la rosa. Los que convierten un día cualquiera en un acto de poesía. Los que no se intoxican el alma. Los que resisten. Los que permanecen humanos cuando todo empuja a dejar de serlo. Sí, los puros. Los que todavía sostienen el mundo.

Lluvia

  Llovía. Y si, llovía mucho. Nadie sabía si era el cielo o era yo.   La cara empapada, agua salada que se mezclaba con la lluvia, como si al final las lágrimas encontraran un lugar donde no dar vergüenza.   Llovía como hace tanto tiempo que no lo hacía. Llovía, sí. Me calaba desconsoladamente.   No había paraguas. Y tampoco pañuelos. Nunca lo hubo. Solo esa lluvia triste de la que todos huyen, la que embarra los pasos, los borra, sin dejar rastro, la que detiene el mundo y obliga a quedarse quieto.   Pero había algo bonito, quizá, en mojarse así: sentir que ese maldito dolor se deshacía gota a gota, que el cielo lloraba conmigo para que yo no tuviera que hacerlo solo.

Españamente

    Me dueles, España, como se duele lo antiguo cuando sigue vivo. Me dueles, sí, aún, todavía, después... España: adverbio de cuándo  — ayer, aún, siempre— y de dónde  — aquí, aunque arda. Y también me queme. Dices “no” con siglos en la boca, dices “sí” como quien sangra despacio. Te rompes, pero mal, pero nunca. Te nombras desde antes de saberte, tres mil años diciendo lo mismo distinto. Y yo, que quise irme, me quedo españamente: tarde, mal, pero contigo.

La voz libre

Voz soñada, elevada, erguida, resonante, forzada, deseosa, orgullosa, voceada, templada, pensada. Sin pedir disculpas, sin dormir, porque sueña, sin complejos, sin ser callada. Voz... verso, habla, lengua, fuerza. Belleza constante de un sonido libre que no puede ser matado.

La luna, el sol y yo

  La luna nunca se bañó en el mar en el que siempre se reflejaba, solo lo miraba desde lejos, temblando en su propia calma, crecía o menguaba, según el día, sin tocar aquello que anhelaba, como quien sueña con un abrazo que nunca alcanza. El sol salía y se escondía, monótono y puntual en su despedida, se deshacía entre las calles doradas del día, dejando migas de luz en cada rincón del que huía, como si supiera que la ausencia también ilumina.   Ella quería ser como él, ardiente y sincera, brillar sin miedo, sin sombras, sin espera…, ninguno mentía en su forma de existir, pero ambos ignoraban lo que es quedarse a vivir.   Y yo…, yo solo quiero verte en mi mar, ser el sincero espejo al mirar, desear un abrazar… aunque seas reflejo y nunca quieras bajar, aunque seas distancia vestida de claridad, aunque duelas como duele lo que no se puede nombrar.   Porque hay amores que son cielo, y otros que nacen para naufragar, y el ...

Perdedores

  Nosotros, ¿perdedores? Tal vez. Hemos vivido demasiado como para salir ilesos. Hemos perdido, sí. Personas. Nombres que aún duelen al decirse. Miradas que ya no vuelven. Dejamos atrás dolor acumulado, soledades sin testigos, la desidia y este desierto  que aprendimos a llamar camino. ¿Perdedores? No. Porque la esperanza no estaba en vencer,   sino en resistir. Estaba en seguir andando cuando era más fácil parecerse a ellos. La esperanza era no ser como ellos. Quizá eso nos separe. Quizá —solo quizá— ganemos precisamente en todo lo que perdimos. Y aunque sangremos memoria, aunque carguemos ausencia, no somos perdedores por eso. Somos los que no se rindieron al simple precio de ganar.

Entre la espalda y la pared

Entre la espalda y la pared, una guerra de besos cruzados. Trincheras de papel mojado, palabras que el viento desarma. Volar a ras del sueño, lamento. Sentimientos opuestos, piel erizada como tus senos. El sol se esconde en el erial, tacto contra tacto, besos, caminos muertos. Ceniza donde hubo fuego, suficiente aún para construir de nuevo. Entre la espalda —tuya— y la pared, intento sobrevivir.

Caen imperios

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Caen imperios como copas en la barra Brindo solo por esa Troya ardiendo en mi espalda Promesas de mármol, pies de barro en la plaza... Hoy venden la historia en cápsulas baratas Soy humo de Auschwitz flotando en pantallas Scroll infinito, ya nadie se para Roma en streaming, pan y circo en la palma Césares muertos buscando validarlas Tengo la pena clavada como Espartaco Rebelde sin público, grito en un saco La guillotina afilando los datos Cabezas rodando en likes automáticos Mi fe naufragó como el Arca sin pacto No quedan profetas, solo contratos Besé la corona y sabía a oxidado Fría como Napoleón intentando cruzar el Ártico Vengo cansado de dioses en saldo De Judas modernos besando por algo La bolsa sube, el alma en retardo Cristo en stories patrocinado Soy eco de bibliotecas quemadas Alejandría llorando en la nada Tanta palabra y tan pocas miradas Tanto progreso y la herida todavía más larga Me siento Goya pintando en aquellos muros S...

Hoy me fallé

Hoy me fallé, como tantas otras veces, y en ese gesto torpe sentí fallarle al mundo entero. También. Hoy me odié, un odio injusto donde arrastré los nombres de quienes amaba al mismo abismo. Hoy fracasé. Caí. Y en esa maldita caída arrastré las manos que se tendían para salvarme. Me abandoné. Fui valle de lágrimas, depresión honda entre montañas de silencio, eco de un grito al que nunca pedí auxilio. Te perdí. Me perdí. Me rompí en mil intentos de ser fuerte, en promesas que no supe cumplir, en noches donde respirar dolía y amanecer parecía una traición. Y en el suelo, con la culpa pesando cual piedra, descubrí algo pequeño, invisible..., y es que seguía vivo. Pero tal vez mañana, con manos temblorosas y el miedo en la voz, pueda recoger mis pedazos, pedirme perdón, y volver a intentar quedarme. No por valentía, sino por cansancio de huir de mí.