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Cicatrices en el hígado

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Tengo cicatrices en las manos, si, y también marcas de batalla sobre la piel; pero sobre todo crecen donde nadie mira, en el silencio oscuro de la amarga hiel.   Y es que cada noche descorcho los recuerdos, como quien abre una triste y vieja prisión, y los dejo flotar en la volatilidad del alcohol, donde naufragan en pos de un hundido corazón.   Bebo despacio los nombres que no vuelven, promesas que aprendieron a mentir, lágrimas amargas que se entremezclan con el sabor metálico y oxidado de existir.   El vaso no contiene solo vino, lleva despedidas, culpa, odio y rencor; lleva todos aquellos “casi” de mi vida disueltos en su falso espejismo de salvación.   Y mientras el mundo duerme sin saberlo, yo negocio la paz con el dolor; él me cobra intereses cada noche, dejándome cicatrices en el hígado, donde antes guardaba el amor.

Los de antes...

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  Ya no somos los de antes. Que va. Aquellos murieron hace mucho tiempo. Murieron pagando cuotas, y trabajando los domingos, vendiendo su juventud    a plazos. Murieron frente a las pantallas, quietos en su acomodo persiguiendo cosas  que jamás necesitaban. Los enterró el consumismo, la comodidad cobarde, el miedo, el temor, a quedarse solos, el silencio. Ya no somos los de antes (ni por asomo) porque el mundo moderno    nos arrancó la rabia. Nos enseñaron a sobrevivir cansados, a sonreír endeudados, a llamar libertad     a eso de elegir entre marcas. Y creíamos avanzar  -verdaderos ilusos-, mientras algo dentro de nosotros     se podría lentamente. Aquellos que soñaban, que luchaban, que amaban sin precio, ya no existen. Ojalá existieran . Quedamos nosotros: los hijos del ruido, del algoritmo, d el vacío brillante. Cadáveres funcionales aprendiendo a vivir como si aún -aú...

En tu deriva

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¿Cómo mantener la calma si en mi cabeza eres un Red Bull desbordado, un pulso acelerado en las arterias que aprende a doler como si fuera sagrado?   ¿Cómo fingir que no pasa nada si te bebo a sorbos de insomnio lento, para mantenerme despierto en tu idea, para habitarte sin consentimiento?   Eres una fiebre que duda, un latido que irrumpe sin pedir permiso, vértigo dulce clavado en la nuca, un “casi” constante que nunca es preciso.   Y yo, mientras intento apagarme, acabo encendiéndome en tu deriva: como esos incendios que no se detienen y solo aprenden a llamarse vida.

Zombis

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Votar, pagar y callar. Ese es el credo. Zombis, borregos, ovejas obedientes, hormigas en fila, un rebaño de ciegos. De casa al trabajo, del trabajo a casa; la misma ruta, la misma jaula, el mismo día disfrazado de calendario. Como presos bien alimentados: un rato de patio, algo de comida y de nuevo a la celda. Pantallas, vídeos y redes, el ruido que nos distrae, la luz que nos adormece, las cadenas que ya nadie ve. La cabeza vacía, una mascarilla, una papeleta, una urna. Impuestos, facturas, consumo sin descanso; comprar para olvidar, trabajar para comprar. Y la vida pasa, vuela, llevándose los sueños que una vez tuvimos, los que prometimos perseguir. Al final, ¿Qué nos queda? Un ejército de zombis, de borregos dóciles, de ovejas que caminan juntas sin preguntarse nunca quién les enseñó el camino.

Cloacas

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Bajo el mármol pulido del Congreso, bajo el discurso limpio y bien planchado , ruge una ciudad de tuberías negras, el reino de las siniestras sombras, una patria de despachos perfumados donde la verdad entra mendigando y la mentira sale en coche oficial.   Las cloacas.   Allí no hay colores. No. Ni rojo. Ni azul. Ni morado. Ni verde. Allí sólo existe el color del dinero. Y mientras la grada se queda afónica defendiendo sus siglas como fanáticos, los dueños del tablero brindan juntos cuando se apagan las cámaras.   Camps. Los ERE. Kitchen. Bárcenas. Leire. Zapatero. Sánchez. Begoña. Koldo. Ábalos. Cerdán. Aldama. Julián Muñoz. Urdangarin… y un largo etcétera. Nombres que atraviesan décadas, ecos de un mismo teatro, actores que cambian de máscara y, mientras tanto, el escenario permanece intacto.   Porque el truco nunca fue la ideología. Que va. El truco fue convencernos, sí. Convencernos de que nu...

Invencible

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    Zarpó creyéndose destino,   con los mástiles erguidos   como catedrales que desafían al viento. Cada barco llevaba un sueño amarrado al casco,   un reino entero latiendo bajo cubierta,   y en los cañones no había pólvora solamente había fe, orgullo, hambre de eternidad. Pero el mar, viejo dios sin bandera,   se burló de los hombres y de sus imperios.   Deshiló las velas como quien rompe cartas de amor   y arrojó los galeones contra la noche. ¡Maldita noche! Qué parecidos son los sueños a aquella Armada ¿verdad?,   parten invencibles hacia tierras imposibles,   conquistándolo todo en la imaginación   y naufragando, a veces, contra sí mismos. Y es que hay derrotas que no las firma el enemigo, sino el viento. Y como tal, recuerdo es, historia imborrable, viento, fuego, memoria del tiempo, un susurro eterno… Invencible.

Mi manera más eterna de existir será morir

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Cuando el tiempo termine de pronunciar mi nombre, y la tierra reclame lo que siempre fue suyo, de mi descomposición nacerán flores que no sabrán nada de mis errores.   Quizá sea entonces cuando por fin sirva para algo: alimentar la belleza sin tocarla, dar color al mundo sin mancharlo, sostener la vida desde el silencio.   Porque fui torpe con el amor. Hice llorar a los únicos ojos que alguna vez quisieron verme feliz. Y aún cargo esa tristeza como quien lleva invierno bajo la piel.   Pero tal vez la naturaleza sea más sabia que yo. Quizá convierta mis ruinas en jardines, mis culpas en raíces..., y mis restos en pétalos que se abran al sol.   Así, donde yo termine, algo hermoso comenzará.