Cicatrices en el hígado

Tengo cicatrices en las manos, si,

y también marcas de batalla sobre la piel;

pero sobre todo crecen donde nadie mira,

en el silencio oscuro de la amarga hiel.

 

Y es que cada noche descorcho los recuerdos,

como quien abre una triste y vieja prisión,

y los dejo flotar en la volatilidad del alcohol,

donde naufragan en pos de un hundido corazón.

 

Bebo despacio los nombres que no vuelven,

promesas que aprendieron a mentir,

lágrimas amargas que se entremezclan

con el sabor metálico y oxidado de existir.

 

El vaso no contiene solo vino,

lleva despedidas, culpa, odio y rencor;

lleva todos aquellos “casi” de mi vida

disueltos en su falso espejismo de salvación.

 

Y mientras el mundo duerme sin saberlo,

yo negocio la paz con el dolor;

él me cobra intereses cada noche,

dejándome cicatrices en el hígado,

donde antes guardaba el amor.




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