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Cicatrices en el hígado

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Tengo cicatrices en las manos, si, y también marcas de batalla sobre la piel; pero sobre todo crecen donde nadie mira, en el silencio oscuro de la amarga hiel.   Y es que cada noche descorcho los recuerdos, como quien abre una triste y vieja prisión, y los dejo flotar en la volatilidad del alcohol, donde naufragan en pos de un hundido corazón.   Bebo despacio los nombres que no vuelven, promesas que aprendieron a mentir, lágrimas amargas que se entremezclan con el sabor metálico y oxidado de existir.   El vaso no contiene solo vino, lleva despedidas, culpa, odio y rencor; lleva todos aquellos “casi” de mi vida disueltos en su falso espejismo de salvación.   Y mientras el mundo duerme sin saberlo, yo negocio la paz con el dolor; él me cobra intereses cada noche, dejándome cicatrices en el hígado, donde antes guardaba el amor.

Mi manera más eterna de existir será morir

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Cuando el tiempo termine de pronunciar mi nombre, y la tierra reclame lo que siempre fue suyo, de mi descomposición nacerán flores que no sabrán nada de mis errores.   Quizá sea entonces cuando por fin sirva para algo: alimentar la belleza sin tocarla, dar color al mundo sin mancharlo, sostener la vida desde el silencio.   Porque fui torpe con el amor. Hice llorar a los únicos ojos que alguna vez quisieron verme feliz. Y aún cargo esa tristeza como quien lleva invierno bajo la piel.   Pero tal vez la naturaleza sea más sabia que yo. Quizá convierta mis ruinas en jardines, mis culpas en raíces..., y mis restos en pétalos que se abran al sol.   Así, donde yo termine, algo hermoso comenzará.

Los nombres que me dieron. Anatomía de un desconocido

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  La noche había entrado en mi cuarto como entra el agua por una grieta, despacio, en silencio, sin pedir permiso... No encendí la luz. No. Prefería la penumbra, porque en la oscuridad los objetos no piden un nombre, y yo llevaba demasiado tiempo ya sin saber cómo llamarme. Había días en los que me miraba al espejo y no reconocía ni siquiera la forma de mis propios ojos. No era una cuestión de rostro, sino de fondo. Como si tras la piel hubiera alguien que se hubiese marchado hace años y hubiera dejado la casa abierta, las ventanas chocando con el viento, las fotografías arrugadas sobre los viejos muebles. La gente, sin embargo, parecía tenerlo claro. Siempre había alguien dispuesto a explicarme quién era yo. Eres frío, decían. Eres demasiado sensible. Eres arrogante. Eres débil. Eres bueno, pero te escondes. Eres falso. Eres triste. Eres complicado... eres, eres y eres. Solo decían, ellos no se definían. Eres exactamente lo que ellos necesitaban que fuera para justif...

Lluvia

  Llovía. Y si, llovía mucho. Nadie sabía si era el cielo o era yo.   La cara empapada, agua salada que se mezclaba con la lluvia, como si al final las lágrimas encontraran un lugar donde no dar vergüenza.   Llovía como hace tanto tiempo que no lo hacía. Llovía, sí. Me calaba desconsoladamente.   No había paraguas. Y tampoco pañuelos. Nunca lo hubo. Solo esa lluvia triste de la que todos huyen, la que embarra los pasos, los borra, sin dejar rastro, la que detiene el mundo y obliga a quedarse quieto.   Pero había algo bonito, quizá, en mojarse así: sentir que ese maldito dolor se deshacía gota a gota, que el cielo lloraba conmigo para que yo no tuviera que hacerlo solo.

Oda a la depresión

La depresión no llega gritando, entra despacio, como una sombra que se aprende la forma de tu casa. Se sienta en el sofá, apaga las luces, y te convence de que afuera no hay nada que valga el esfuerzo de abrir la puerta. Los días pesan. No por lo que traen, sino por lo poco que prometen. Todo da igual, todo cansa, incluso existir. El mundo sigue, pero tú te quedas quieto. Encerrado. Las paredes escuchan más que las personas, y el silencio se vuelve compañía, aunque duela(s). Llorar ya no es un desahogo, es una costumbre. Las lágrimas caen sin una razón clara, como si el cuerpo supiera algo que la mente no quiere aceptar. Estar solo no asusta, pero tampoco consuela. La tristeza no grita, susurra. Te dice que no eres suficiente, que nadie notaría tu ausencia, que rendirse sería más fácil que seguir intentándolo. Y aun así, en medio de esa niebla espesa, queda algo. Una chispa pequeña, casi invisible, que no se apaga. Un recuerdo de quien fuiste, o de qui...

Aquello que ya no somos

  Aquello que ya no somos  (Un poema a los que alguna vez fueron amigos)   Callamos. Sonreímos. Nos miramos. Complicidad. Un augurio de otros tiempos se cuela en el aire, como polvo viejo que al removerse aún duele en los ojos.   Pasado atrás, pero no tan lejos. Un guiño. ¿Qué más da? Os echo de menos. Aunque no lo diga. Aunque no lo digáis.   Amistad perdida, maltrecha por el tiempo, por el orgullo, por la vida que no espera. Sonreímos de nuevo, más por nostalgia que por alegría.   Abrazos. Un “¿qué tal?” y un “joder…  lo que podíamos haber sido.” Y en ese instante —breve, ingenuo, casi eterno — volvemos a tener quince años. Sin culpas. Sin prisa.   Después, cada uno a su sombra, cada uno a su esquina. Pero con el alma un poco menos rota. Como si por un (puto) segundo hubiéramos sido de nuevo aquello que ya no somos.

Cenizas y Conquistas

  Como Nerón ante el incendio de su propia Roma, contemplo el desastre mientras pulso la lira; me bato en la arena, gladiador sin escolta, y para tus ojos, mi pecho es el Coliseo que te mira. ​Busco el equilibrio en este talón de Aquiles, siendo el telón de fondo de una guerra ya perdida, pues caí en la playa de una Troya de sombras donde mi única gloria es saberte mi herida. ​Te querré siendo Asturias, rincón de resistencia, sin corona que me pese, ni un dios que me nombre; el último refugio frente a la indiferencia, la cuna de un reino que no sabe de normas. ​Y aunque seas América, vasta y lejana, tierra desconocida que otros quieren reclamar, seré yo el navío que en tu costa descansa, dispuesto a perderse para poderte encontrar. ​Pues si para la gente no eras más que el silencio, un rostro en la turba, un detalle profundo... para ellos, no eras nadie, lo entiendo, pero es que para mí, tú eras todo el mundo.