Oda a la depresión


La depresión no llega gritando,
entra despacio,
como una sombra que se aprende la forma de tu casa.
Se sienta en el sofá, apaga las luces,
y te convence de que afuera no hay nada
que valga el esfuerzo de abrir la puerta.

Los días pesan. No por lo que traen,
sino por lo poco que prometen.
Todo da igual, todo cansa,
incluso existir.

El mundo sigue,
pero tú te quedas quieto. Encerrado.
Las paredes escuchan más que las personas,
y el silencio se vuelve compañía, aunque duela(s).

Llorar ya no es un desahogo, es una costumbre.
Las lágrimas caen sin una razón clara,
como si el cuerpo supiera algo
que la mente no quiere aceptar.
Estar solo no asusta, pero tampoco consuela.

La tristeza no grita, susurra.
Te dice que no eres suficiente,
que nadie notaría tu ausencia,
que rendirse sería más fácil
que seguir intentándolo.

Y aun así, en medio de esa niebla espesa, queda algo.
Una chispa pequeña, casi invisible, que no se apaga.
Un recuerdo de quien fuiste,
o de quien podrías volver a ser.

Algo llamado esperanza

como esa tonta manía de seguir.

Un duelo -un día más-.

No pido grandes milagros.
No pido volver a sentirlo todo.
Solo quiero volver a ser el de antes,
o, al menos, solamente sonreír.

Solamente… ser.

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