Entre rosas y gaviotas... no sé

 

No sé por qué seguimos

echando migas

a gaviotas que apenas recuerdan cómo volar,

si solo sobrevuelan para cagarse en nosotros.

 

Ni por qué regamos

rosas ya muertas,

sin color, sin perfume,

que cuando huelen

es a vertedero y promesa rota.

 

El cuento no necesita narrador:

se explica solo.

Y yo me río,

como se ríen ellos,

con la boca llena y las manos limpias.

 

Porque gaviotas y rosas

no son símbolos,

son una mafia:

 

la del voto domesticado,

la del turno,

la del “ahora tú, luego yo”.

 

Nos atan con alas torcidas

y espinas oxidadas,

nos llaman jardín

mientras lo pisan.

 

Ratas del aire,

flores secas…

¿qué más da el nombre?

Cuatro años más,

otros cuatro después,

y nosotros sin jardín,

sin rosas,

sin cielos.

 

Solo mirando aves que no vuelan

y esperando primaveras

que nunca llegan.



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