Entradas

Mostrando las entradas etiquetadas como disidencia

Los de antes...

Imagen
  Ya no somos los de antes. Que va. Aquellos murieron hace mucho tiempo. Murieron pagando cuotas, y trabajando los domingos, vendiendo su juventud    a plazos. Murieron frente a las pantallas, quietos en su acomodo persiguiendo cosas  que jamás necesitaban. Los enterró el consumismo, la comodidad cobarde, el miedo, el temor, a quedarse solos, el silencio. Ya no somos los de antes (ni por asomo) porque el mundo moderno    nos arrancó la rabia. Nos enseñaron a sobrevivir cansados, a sonreír endeudados, a llamar libertad     a eso de elegir entre marcas. Y creíamos avanzar  -verdaderos ilusos-, mientras algo dentro de nosotros     se podría lentamente. Aquellos que soñaban, que luchaban, que amaban sin precio, ya no existen. Ojalá existieran . Quedamos nosotros: los hijos del ruido, del algoritmo, d el vacío brillante. Cadáveres funcionales aprendiendo a vivir como si aún -aú...

Zombis

Imagen
Votar, pagar y callar. Ese es el credo. Zombis, borregos, ovejas obedientes, hormigas en fila, un rebaño de ciegos. De casa al trabajo, del trabajo a casa; la misma ruta, la misma jaula, el mismo día disfrazado de calendario. Como presos bien alimentados: un rato de patio, algo de comida y de nuevo a la celda. Pantallas, vídeos y redes, el ruido que nos distrae, la luz que nos adormece, las cadenas que ya nadie ve. La cabeza vacía, una mascarilla, una papeleta, una urna. Impuestos, facturas, consumo sin descanso; comprar para olvidar, trabajar para comprar. Y la vida pasa, vuela, llevándose los sueños que una vez tuvimos, los que prometimos perseguir. Al final, ¿Qué nos queda? Un ejército de zombis, de borregos dóciles, de ovejas que caminan juntas sin preguntarse nunca quién les enseñó el camino.

Los puros

Imagen
Los puros son esos que van al campo, los que aún entran en museos y catedrales, los que rezan todavía en medio del ruido y del caos. Son los que escuchan música donde otros solo oyen ruido, los que todavía conservan intacta el alma. Los castos. Los no materialistas. Los que leen y aún creen en el amor. Los que caminan sobre escombros y aun así construyen. Los que sonríen, los que desafían la fatalidad. Los que no viven arrodillados ante vitrinas y centros comerciales. Los últimos espartanos buscando sus Termópilas. Samuráis sin caballo. Hombres del libro y de la rosa. Los que convierten un día cualquiera en un acto de poesía. Los que no se intoxican el alma. Los que resisten. Los que permanecen humanos cuando todo empuja a dejar de serlo. Sí, los puros. Los que todavía sostienen el mundo.

La voz libre

Voz soñada, elevada, erguida, resonante, forzada, deseosa, orgullosa, voceada, templada, pensada. Sin pedir disculpas, sin dormir, porque sueña, sin complejos, sin ser callada. Voz... verso, habla, lengua, fuerza. Belleza constante de un sonido libre que no puede ser matado.

Perdedores

  Nosotros, ¿perdedores? Tal vez. Hemos vivido demasiado como para salir ilesos. Hemos perdido, sí. Personas. Nombres que aún duelen al decirse. Miradas que ya no vuelven. Dejamos atrás dolor acumulado, soledades sin testigos, la desidia y este desierto  que aprendimos a llamar camino. ¿Perdedores? No. Porque la esperanza no estaba en vencer,   sino en resistir. Estaba en seguir andando cuando era más fácil parecerse a ellos. La esperanza era no ser como ellos. Quizá eso nos separe. Quizá —solo quizá— ganemos precisamente en todo lo que perdimos. Y aunque sangremos memoria, aunque carguemos ausencia, no somos perdedores por eso. Somos los que no se rindieron al simple precio de ganar.

Nosotros... los pocos

    Nosotros. Los pocos. Los que incomodan, los mal vistos. Nosotros, los que luchamos sin permiso, los libres a destiempo, los incomprendidos. Nosotros, minoría absoluta, acción antes que consuelo, vida al margen, sombra necesaria. Los que sonríen entre las ruinas, los que no llegan a fin de mes… pero llegan a sí mismos. Los señalados, los criticados, los que no encajan -ni quieren hacerlo-. Nosotros, los que aún creemos. Los libres. Nosotros, sí: los que no somos como ellos.

Orugas...

Imagen
  Procesión interminable de orugas luminosas. Cada amanecer reptan hacia la gran ciudad.   Capullos de humo, no crisálidas: vientres de metal que incuban la nada.   Tejen sus nidos en venas de asfalto, se arrastran por carreteras que no llevan a ningún cielo.   Sueñan con volar algún día, o con no soñar en absoluto.   Orugas dóciles, gusanos brillantes, filas perfectas de obediencia con intermitente.   Nos recuerdan a las mariposas que nunca fuimos, a las alas que cambiamos por horarios y gasolina.   Colas eternas, kilómetros de resignación, luces, neones y bocinas como un rezo mecánico cada mañana.   Capullos cerrados. Nunca son crisálidas. Nunca vuelan. Orugas… gusanos.

Siglo XXI

Imagen
Netflix como anestesia, ansiedad como bandera, OnlyFans de vocación, Gran Hermano de trinchera. Snapchat borra la memoria, Telecinco dicta escuela, me acuesto con unos hoy, mañana cambio de acera. Voto sin leer la letra, consigna bien aprendida, paguita como dogma, bono cultural: la vida. Alcohol para no pensar, porros para no sentir, reguetón como evangelio que nos enseña a vivir. Digo “bro” para ser alguien, digo “bro” y vuelta a empezar, rebuzna el rebaño entero creyendo que sabe andar.

Entre rosas y gaviotas... no sé

Imagen
  No sé por qué seguimos echando migas a gaviotas que apenas recuerdan cómo volar, si solo sobrevuelan para cagarse en nosotros.   Ni por qué regamos rosas ya muertas, sin color, sin perfume, que cuando huelen es a vertedero y promesa rota.   El cuento no necesita narrador: se explica solo. Y yo me río, como se ríen ellos, con la boca llena y las manos limpias.   Porque gaviotas y rosas no son símbolos, son una mafia:   la del voto domesticado, la del turno, la del “ahora tú, luego yo”.   Nos atan con alas torcidas y espinas oxidadas, nos llaman jardín mientras lo pisan.   Ratas del aire, flores secas… ¿qué más da el nombre? Cuatro años más, otros cuatro después, y nosotros sin jardín, sin rosas, sin cielos.   Solo mirando aves que no vuelan y esperando primaveras que nunca llegan.

Vivo en el 2025

  Vivo en el 2025 Suena a futuro, ¿verdad? Pero no hay coches que vuelan ni robots que piensen por nosotros, ni cuerpos que se disuelven en un rayo de luz para llegar al trabajo. Vivo en el futuro, sí, pero no en el sueño que mis padres miraban por la ventana azul del televisor. Hay pantallas, infinitas, pero la gente sigue muriendo igual: sola, cansada, distraída. Los centros comerciales son catedrales del consumo, templos donde se reza con la tarjeta en la mano. Se vende todo: la calma, la esperanza, el alma en cuotas mensuales. Niños bien hacen giras para “salvar a España”. Banderas palestinas ondean en manos que no saben pronunciar Gaza. Y yo… ¿a quién voto? ¿A los del odio disfrazado de patria? ¿A los del perdón eterno y la culpa heredada? ¿A los de la pulsera bendita? ¿A los del frente hebreo, los verdes patrióticos, los ladrones con corbata? ¿A los de las vacunas y sus sombras? ¿A los de la hipoteca y el “come lo que puedas”? ¿A los del desahucio, l...

UCRONIAS

 UCRONIAS   El policía huía del pueblo porque no había nada que defender: el rey ya no lograba llegar a fin de mes, los periodistas eran condenados por decir la verdad y los bancos habían perdido, al fin, todo interés. En cada hogar brillaba una biblioteca de no sé cuántas pulgadas, tan inmensa como el deseo de aprender, y la gente caminaba por las calles con un libro en la mano, tropezando a veces por ir leyendo demasiado embelesados. No había miedo, ni prisas. Las personas levantaban la vista hacia el cielo limpio, un azul profundo que señalaba el camino de los sueños. No había aviones que lo mancharan con estelas, porque aquel era un reino que prefería volar con la imaginación antes que con motores llenos de veneno. Apenas quedaban médicos, no porque no se valoraran, sino porque casi no hacían falta: la gente era fuerte, sana, y sobre todo estaba inmunizada contra la peor enfermedad de todas, la idiotez. Los maestros eran tratados como sabios, y los poetas llena...

Freedonia

Imagen
  Freedonia Una ucronía posible, una amenaza real para el poder.   En  Freedonia  las cosas son... distintas. Allí no se estudia para ser alguien; se estudia para  entender . Las escuelas no enseñan fórmulas vacías ni fechas sin alma, sino lógica, finanzas, gestión emocional, nutrición, primeros auxilios, defensa personal, pensamiento crítico. Enseñan a vivir —no a obedecer. Los libros no son para pasar exámenes, sino para despertar. En Freedonia nadie sabe lo que es hacer cola en una farmacia, ni existe el concepto de enfermedad crónica. Nadie va al médico porque nadie lo necesita. La salud no es un producto, sino una consecuencia: la gente se mueve, corre, respira aire limpio, toma el sol, se baña en ríos, come frutas, verduras, carnes y pescados sin etiquetas ni ultraprocesados. El alimento nace de la tierra, no de una fábrica. Las despensas no tienen números E ni conservantes: tienen sabor, raíz y memoria. Las ciudades allí no existen como las conocemos. No ...

Nos robaron el recreo

Imagen
  Nos robaron el recreo   Echo de menos el lápiz mordido, la carta escrita con faltas y amor, el beso de mamá al ir al colegio, el mundo sin filtros, ni miedo, ni horror.   Cuando el premio era el rato sin deberes, y el castigo: no salir a jugar, cuando un “lo siento” valía más que un máster y el perdón no se daba por WhatsApp.   Los cromos, las canicas, los veranos sin reloj, las bicis cuesta abajo con rodillas en flor, las princesas aún vivían en torres, y los dragones dormían bajo el edredón.   La infancia no sabía de bandos ni de ismos, éramos solo niños, con barro en las uñas y el alma intacta.   No había “youtubers”, queríamos ser astronautas o futbolistas, exploradores, bomberos, artistas, y mamá nos decía: “media hora más… pero a cenar”. Ahora todo es pantalla, todo es ruido, todo ansiedad. Nos metieron miedo en vena y nos dieron libertad… condicionada, con contrato, con cadena.   ...