UCRONIAS
UCRONIAS
El policía huía del pueblo porque no había nada que
defender: el rey ya no lograba llegar a fin de mes, los periodistas eran
condenados por decir la verdad y los bancos habían perdido, al fin, todo
interés.
En cada hogar brillaba una biblioteca de no sé cuántas pulgadas,
tan inmensa como el deseo de aprender, y la gente caminaba por las calles con
un libro en la mano, tropezando a veces por ir leyendo demasiado embelesados.
No había miedo, ni prisas. Las personas levantaban la vista
hacia el cielo limpio, un azul profundo que señalaba el camino de los sueños.
No había aviones que lo mancharan con estelas, porque aquel era un reino que
prefería volar con la imaginación antes que con motores llenos de veneno.
Apenas quedaban médicos, no porque no se valoraran, sino porque
casi no hacían falta: la gente era fuerte, sana, y sobre todo estaba inmunizada
contra la peor enfermedad de todas, la idiotez.
Los maestros eran tratados como sabios, y los poetas llenaban
plazas en lugar de los políticos. Las canciones sustituían a los discursos y la
memoria colectiva se escribía en versos y en historias compartidas en torno al
fuego.
El comercio no buscaba la codicia sino el intercambio justo, y
las monedas eran recuerdos, favores o semillas. Los niños aprendían antes a
preguntar que a obedecer, y los ancianos eran los guardianes de los secretos y
las risas.
En aquel mundo al revés —o tal vez al derecho— la gente no
aspiraba a ser rica, sino plena. Pero nadie temía a la verdad, porque la verdad
no dolía: liberaba.
Y quizá, solo quizá, ese mundo nunca fue un sueño, sino el
reflejo de lo que aún podríamos ser.
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