Los de antes...

 Ya no somos los de antes.

Que va.

Aquellos murieron hace mucho tiempo.

Murieron pagando cuotas,

y trabajando los domingos,

vendiendo su juventud  a plazos.

Murieron frente a las pantallas,

quietos en su acomodo

persiguiendo cosas  que jamás necesitaban.

Los enterró el consumismo,

la comodidad cobarde,

el miedo, el temor, a quedarse solos,

el silencio.

Ya no somos los de antes

(ni por asomo)

porque el mundo moderno  nos arrancó la rabia.

Nos enseñaron a sobrevivir cansados,

a sonreír endeudados,

a llamar libertad   a eso de elegir entre marcas.

Y creíamos avanzar -verdaderos ilusos-,

mientras algo dentro de nosotros   se podría lentamente.

Aquellos que soñaban, que luchaban,

que amaban sin precio, ya no existen.

Ojalá existieran.

Quedamos nosotros: los hijos del ruido,

del algoritmo, del vacío brillante.

Cadáveres funcionales aprendiendo a vivir

como si aún -aún- estuviéramos vivos.




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