Entradas

Mostrando las entradas etiquetadas como versos

Españamente

    Me dueles, España, como se duele lo antiguo cuando sigue vivo. Me dueles, sí, aún, todavía, después... España: adverbio de cuándo  — ayer, aún, siempre— y de dónde  — aquí, aunque arda. Y también me queme. Dices “no” con siglos en la boca, dices “sí” como quien sangra despacio. Te rompes, pero mal, pero nunca. Te nombras desde antes de saberte, tres mil años diciendo lo mismo distinto. Y yo, que quise irme, me quedo españamente: tarde, mal, pero contigo.

La voz libre

Voz soñada, elevada, erguida, resonante, forzada, deseosa, orgullosa, voceada, templada, pensada. Sin pedir disculpas, sin dormir, porque sueña, sin complejos, sin ser callada. Voz... verso, habla, lengua, fuerza. Belleza constante de un sonido libre que no puede ser matado.

La luna, el sol y yo

  La luna nunca se bañó en el mar en el que siempre se reflejaba, solo lo miraba desde lejos, temblando en su propia calma, crecía o menguaba, según el día, sin tocar aquello que anhelaba, como quien sueña con un abrazo que nunca alcanza. El sol salía y se escondía, monótono y puntual en su despedida, se deshacía entre las calles doradas del día, dejando migas de luz en cada rincón del que huía, como si supiera que la ausencia también ilumina.   Ella quería ser como él, ardiente y sincera, brillar sin miedo, sin sombras, sin espera…, ninguno mentía en su forma de existir, pero ambos ignoraban lo que es quedarse a vivir.   Y yo…, yo solo quiero verte en mi mar, ser el sincero espejo al mirar, desear un abrazar… aunque seas reflejo y nunca quieras bajar, aunque seas distancia vestida de claridad, aunque duelas como duele lo que no se puede nombrar.   Porque hay amores que son cielo, y otros que nacen para naufragar, y el ...

Aquello que ya no somos

  Aquello que ya no somos  (Un poema a los que alguna vez fueron amigos)   Callamos. Sonreímos. Nos miramos. Complicidad. Un augurio de otros tiempos se cuela en el aire, como polvo viejo que al removerse aún duele en los ojos.   Pasado atrás, pero no tan lejos. Un guiño. ¿Qué más da? Os echo de menos. Aunque no lo diga. Aunque no lo digáis.   Amistad perdida, maltrecha por el tiempo, por el orgullo, por la vida que no espera. Sonreímos de nuevo, más por nostalgia que por alegría.   Abrazos. Un “¿qué tal?” y un “joder…  lo que podíamos haber sido.” Y en ese instante —breve, ingenuo, casi eterno — volvemos a tener quince años. Sin culpas. Sin prisa.   Después, cada uno a su sombra, cada uno a su esquina. Pero con el alma un poco menos rota. Como si por un (puto) segundo hubiéramos sido de nuevo aquello que ya no somos.

Perdedores

  Nosotros, ¿perdedores? Tal vez. Hemos vivido demasiado como para salir ilesos. Hemos perdido, sí. Personas. Nombres que aún duelen al decirse. Miradas que ya no vuelven. Dejamos atrás dolor acumulado, soledades sin testigos, la desidia y este desierto  que aprendimos a llamar camino. ¿Perdedores? No. Porque la esperanza no estaba en vencer,   sino en resistir. Estaba en seguir andando cuando era más fácil parecerse a ellos. La esperanza era no ser como ellos. Quizá eso nos separe. Quizá —solo quizá— ganemos precisamente en todo lo que perdimos. Y aunque sangremos memoria, aunque carguemos ausencia, no somos perdedores por eso. Somos los que no se rindieron al simple precio de ganar.

Siglo XXI

Imagen
Netflix como anestesia, ansiedad como bandera, OnlyFans de vocación, Gran Hermano de trinchera. Snapchat borra la memoria, Telecinco dicta escuela, me acuesto con unos hoy, mañana cambio de acera. Voto sin leer la letra, consigna bien aprendida, paguita como dogma, bono cultural: la vida. Alcohol para no pensar, porros para no sentir, reguetón como evangelio que nos enseña a vivir. Digo “bro” para ser alguien, digo “bro” y vuelta a empezar, rebuzna el rebaño entero creyendo que sabe andar.

Entre rosas y gaviotas... no sé

Imagen
  No sé por qué seguimos echando migas a gaviotas que apenas recuerdan cómo volar, si solo sobrevuelan para cagarse en nosotros.   Ni por qué regamos rosas ya muertas, sin color, sin perfume, que cuando huelen es a vertedero y promesa rota.   El cuento no necesita narrador: se explica solo. Y yo me río, como se ríen ellos, con la boca llena y las manos limpias.   Porque gaviotas y rosas no son símbolos, son una mafia:   la del voto domesticado, la del turno, la del “ahora tú, luego yo”.   Nos atan con alas torcidas y espinas oxidadas, nos llaman jardín mientras lo pisan.   Ratas del aire, flores secas… ¿qué más da el nombre? Cuatro años más, otros cuatro después, y nosotros sin jardín, sin rosas, sin cielos.   Solo mirando aves que no vuelan y esperando primaveras que nunca llegan.