Lluvia

 

Llovía.

Y si, llovía mucho.

Nadie sabía si era el cielo

o era yo.

 

La cara empapada,

agua salada

que se mezclaba con la lluvia,

como si al final

las lágrimas encontraran

un lugar donde no dar vergüenza.

 

Llovía

como hace tanto tiempo que no lo hacía.

Llovía, sí.

Me calaba desconsoladamente.

 

No había paraguas.

Y tampoco pañuelos.

Nunca lo hubo.

Solo esa lluvia triste

de la que todos huyen,

la que embarra los pasos,

los borra, sin dejar rastro,

la que detiene el mundo

y obliga a quedarse quieto.

 

Pero había algo bonito, quizá, en mojarse así:

sentir que ese maldito dolor

se deshacía gota a gota,

que el cielo lloraba conmigo

para que yo no tuviera que hacerlo solo.

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