Los nombres que me dieron. Anatomía de un desconocido

 La noche había entrado en mi cuarto como entra el agua por una grieta, despacio, en silencio, sin pedir permiso... No encendí la luz. No. Prefería la penumbra, porque en la oscuridad los objetos no piden un nombre, y yo llevaba demasiado tiempo ya sin saber cómo llamarme.

Había días en los que me miraba al espejo y no reconocía ni siquiera la forma de mis propios ojos. No era una cuestión de rostro, sino de fondo. Como si tras la piel hubiera alguien que se hubiese marchado hace años y hubiera dejado la casa abierta, las ventanas chocando con el viento, las fotografías arrugadas sobre los viejos muebles.

La gente, sin embargo, parecía tenerlo claro.

Siempre había alguien dispuesto a explicarme quién era yo.

Eres frío, decían. Eres demasiado sensible. Eres arrogante.

Eres débil. Eres bueno, pero te escondes. Eres falso. Eres triste.

Eres complicado... eres, eres y eres. Solo decían, ellos no se definían.

Eres exactamente lo que ellos necesitaban que fuera para justificar su propia distancia.

Me miraban dos minutos y dictaban sentencia, como si el alma tuviera instrucciones visibles en la frente. Como si bastara una conversación en una cafetería, una sonrisa mal colocada, un silencio en el momento incorrecto, para conocer la arquitectura entera de una persona.

Y yo, que llevaba años viviendo dentro de mí como un extranjero sin papeles, como un apátrida, observaba aquello con una mezcla de ironía y cansancio.

Qué extraño ¿no?

Los hipócritas me describían con seguridad, los infames me reducían a una anécdota, los falsos me inventaban versiones más cómodas de soportar. Todos parecían saber quién era yo, excepto yo.

Quizá por eso aquella noche no me sorprendí del todo.

Desperté —o creí hacerlo— con la sensación de que alguien respiraba en la habitación. El aire tenía un peso distinto, como si la oscuridad estuviera llena de cuerpos. Me incorporé lentamente, todavía con el corazón atrapado entre el sueño y la vigilia.

Y entonces los vi.

Sentados en el suelo, apoyados en la pared, de pie junto a la ventana, inclinados sobre mi escritorio, observándome desde cada rincón.

Yo.

Yo repetido.

Yo fragmentado.

Yo multiplicado como un error de cálculo.

Cuarenta y ocho.

Ni uno más, ni uno menos.

Algunos llevaban mi misma ropa; otros parecían versiones antiguas de mí, como fotografías que alguien hubiera arrancado de un álbum. Había uno con la mirada limpia de mis diecisiete años, otro con la fatiga de una edad que aún no había vivido. Uno sonreía como yo ya no sabía hacerlo. Otro tenía las manos temblorosas de quien ha perdido demasiado. Faltaba el ello y el superyó de Freud.

Todos tenían mis ojos.

Todos me miraban como si yo fuera el intruso.

Y entonces, uno de ellos, el que estaba más cerca de la cama, habló con una voz que también era la mía:

Había 48 versiones de mí en la habitación, y todas insistían en que yo era la copia.

Nadie se rio. Yo tampoco.

Porque de pronto aquello tenía más sentido que cualquier otra cosa que hubiera vivido. Que curioso. En seguida abandoné el miedo.

—No puede ser —dije, aunque mi voz sonó débil, casi educada.

—Claro que puede —respondió otro, desde la ventana—. Llevas toda la vida haciéndolo.

—Dividirte.

—Adaptarte.

—Inventarte.

—Sobrevivir…

Cada palabra salía de una boca distinta.

Como si fueran una sola conciencia usando muchos cuerpos.

—¿Quiénes sois? —Pregunté mirando a todas partes.

Uno de ellos, el más cansado, se encogió de hombros.

—La pregunta correcta sería: ¿Quién eres tú? —Me respondió.

Quise responder, pero descubrí que no tenía nada. Ni una definición. Ni una frase simple. Nada que no sonara prestado.

Soy alguien que intenta. Soy alguien que teme. Soy alguien que miente cuando dice que está bien. Soy alguien que no sabe si ama o solo se aferra.

Soy alguien. ¿Pero quién?

Guardé silencio.

Entonces, aquellos yos, comenzaron a acercarse.

No con violencia, sino con esa lentitud insoportable de los sueños donde uno quiere huir y las piernas pertenecen a otro.

El primero era el niño.

Tenía las rodillas peladas, las manos pequeñas, y esa forma brutalmente honesta de mirar que se pierde cuando aprendemos a ser aceptables.

—Yo fui el que creyó —me dijo—. El que pensó que crecer significaba volverse más libre. ¿Qué hiciste conmigo?

No supe contestar.

Tal vez lo abandoné en alguna decepción. Tal vez lo cambié por la necesidad de no molestar a nadie.

Luego vino el adolescente.

Su rabia olía a lluvia y a cuadernos escritos a medianoche.

—Yo fui el que juró no convertirse en ellos —dijo—. El que despreciaba la hipocresía, el que quería incendiar todas las máscaras. Y mírate ahora.

Bajé la cabeza. Más que nada porque tenía razón.

Había aprendido a callar cosas por comodidad. A sonreír donde quería gritar. A aceptar pequeñas traiciones diarias para no quedarme solo.

No por maldad. Por cansancio, supongo.

Después apareció uno vestido con la elegancia triste de los amores perdidos.

—Yo fui el que creyó en alguien —susurró—. El que puso la casa entera en manos ajenas. ¿Recuerdas cómo se siente confiar?

Sí.

Lo recordaba como se recuerda una ciudad bombardeada. Había ruinas hermosas, pero ruinas a final de cuentas.

Uno a uno fueron pasando frente a mí.

El que perdonó demasiado.

El que se marchó demasiado pronto.

El que debió haberse ido y no lo hizo.

El que soñó con ser artista.

El que aceptó un trabajo que no amaba.

El que se quedó por miedo.

El que huyó por orgullo.

El que todavía esperaba una llamada imposible.

El que fingía indiferencia.

El que lloraba en silencio en los baños de los bares.

El que se odiaba.

El que se creía invencible.

El que rezó sin fe y el que dejó de rezar.

Todos reclamaban algo. Todos eran verdad.

Y yo, sentado en la cama, entendí que quizá el problema no era no saber quién era, sino pretender que debía ser uno solo.

Nos enseñan que la identidad es una línea recta, una firma consistente, una respuesta limpia. Pero nadie vive así. Somos una multitud mal organizada. Un archivo lleno de contradicciones. Un museo de versiones incompatibles.

Queremos pureza y somos mezcla. Queremos certeza y somos duda.

Queremos una sola cara para enseñar al mundo, mientras por dentro discutimos con un coro entero. No sabemos poner la otra mejilla.

—Entonces —pregunté—, ¿Cuál de vosotros soy?

El silencio fue inmediato.

Fue el más viejo quien respondió. Un yo sabio.

Tenía mis rasgos, pero gastados por una tristeza tranquila, como si ya hubiera aprendido a convivir con ella.

—Todos. Y ninguno.

—Eso no ayuda.

—La verdad rara vez ayuda. Solo existe.

Se sentó frente a mí.

—Tu error fue creer que debías elegir una versión definitiva. Como si la vida fuera una oposición y al final te entregaran tu identidad oficial. Pero no funciona así. Eres el que fuiste, el que fingiste ser, el que otros inventaron, el que aún no has tenido valor de convertirte.

Miré alrededor.

Cuarenta y ocho rostros. Cuarenta y ocho derrotas.

Cuarenta y ocho formas de sostener el mismo cansancio. Increíble.

—¿Y qué hago con eso?

El viejo sonrió con una compasión casi insoportable.

—Dejar de pedir absolución.

—¿Perdón?

—Dejar de buscar a alguien que confirme que eres bueno, correcto, auténtico. La gente seguirá definiéndote. Cobarde, orgulloso, frío, intenso, raro, insuficiente… Necesitan simplificarte para no enfrentarse a su propia complejidad. No les creas demasiado.

Pensé en todas las veces que había permitido que una opinión ajena se instalara en mí como una enfermedad. En cómo una sola frase podía perseguirme durante tantos años.

“No eres suficiente.”

“Siempre decepcionas.”

“Te haces la víctima.”

“No sabes querer.”

Palabras ajenas convertidas en muebles permanentes.

Quizá por eso estaba tan lleno de extraños.

Había dejado entrar demasiadas voces.

—¿Y si realmente soy todo eso? —pregunté.

—Lo eres, a veces.

La respuesta me dolió más por honesta.

—También eres lo contrario.

Nadie es una sola acusación.

Nadie cabe en una sola defensa.

Somos crueles y tiernos. Leales y cobardes. Luminosos y miserables. La madurez, pensé, quizá no consiste en volverse mejor, sino en dejar de mentirse con tanta elegancia. Quizá.

La habitación parecía más pequeña. Sentía que me agobiaba.

O quizá yo empezaba a caber menos dentro de mis excusas.

Uno de ellos —el más silencioso, el que no había hablado en toda la noche— se acercó al espejo. Lo tocó con la punta de los dedos.

—Siempre has tenido miedo de mirarte sin narrativa —dijo—. Sin explicaciones bonitas. Sin poesía.

—La poesía ayuda.

—También es una forma refinada de esconderse.

Eso me hizo reír. Una risa breve, casi avergonzada.

Pero tenía razón.

Incluso el dolor, cuando se escribe bonito, parece más soportable. Como si adornarlo lo volviera menos cierto.

Pero seguía doliendo.

Seguía pesando el despertarse y no saber si el rostro que usabas era el tuyo o el que mejor sobrevivía entre los demás. Encajar por costumbre.

Seguía siendo triste descubrir que muchas personas no te querían a ti, sino a la utilidad de tu personaje.

Seguía siendo devastador sentir que a veces uno mismo tampoco sabía distinguir la diferencia.

Miré la ventana. Como tantas otras veces.

Afuera comenzaba a amanecer. Esa hora gris donde el mundo parece arrepentirse de haber existido.

—¿Vais a quedaros? —pregunté.

—Siempre hemos estado aquí —respondió el niño.

Y lo entendí.

No eran apariciones. No eran fantasmas.

Eran inventario.

La lista completa de mis ruinas y mis persistencias. No desaparecerían porque no debían desaparecer.

 

Había que aprender a vivir con ellos.

A no negar al que fui por vergüenza. A no idealizar al que quise ser. A no obedecer ciegamente al que otros necesitaban que fuera.

A sentarme, quizá, con mis cuarenta y ocho versiones y aceptar que ninguna tenía toda la razón. Ni siquiera la más triste. Sobre todo esa, la que más me gustaba.

Porque la tristeza tiene la mala costumbre de parecer profunda cuando a veces solo está cansada.

Entonces me levanté de la cama. Fui hasta el espejo.

Durante unos segundos observé mi reflejo rodeado de reflejos.

No vi una respuesta.

Pero vi algo más honesto: una pregunta viva.

Y quizá eso bastaba.

No saber quién soy no significaba estar vacío.

Significaba seguir en construcción. Seguir siendo.

Puse una mano sobre el cristal frío.

Detrás, mis otras cuarenta y ocho vidas respiraban conmigo. Ya no tenía miedo, ni sueño.

Pensé en todas las veces que me habían juzgado sin conocerme. En todas las veces que yo también había hecho lo mismo con otros. Pensé en la facilidad con la que llamamos máscara a la defensa ajena y madurez a la nuestra.

Somos injustos porque tenemos miedo.

Reducimos porque comprender exige demasiado amor. Y esfuerzo.

Y amar de verdad siempre ha sido una forma peligrosa de quedarse sin armadura.

Tal vez por eso casi nadie lo intenta. Tal vez por eso casi todos estamos solos incluso cuando estamos acompañados.

Cerré los ojos.

Por primera vez en mucho tiempo no sentí la urgencia de definirme.

 


No era héroe ni víctima. No era santo ni impostor. No era la peor versión que alguien contó sobre mí, ni la mejor que yo escribí para soportarme.

Era apenas esto: un hombre cansado, triste a ratos, contradictorio siempre, todavía buscando su nombre en habitaciones oscuras.

Y, sorprendentemente, eso me pareció suficiente.

Cuando volví a abrir los ojos, estaba solo. Y es que, a pesar de no tener sueño, caí rendido en esa tranquilidad inconsciente.

 La luz del amanecer caía sobre el suelo como una rendición lenta. La habitación era otra vez una habitación.

La cama deshecha. Los libros torcidos. El vaso de agua a medio terminar…

Mi vida, intacta y extraña. Pero algo había cambiado.

No afuera. Adentro.

Como si alguien hubiera abierto una ventana en una casa cerrada durante años.

Respiré. Luego sonreí, aliviado.

No una sonrisa feliz. Una más humilde.

La de quien acepta que quizá nunca sabrá del todo quién es, pero decide quedarse de todos modos.

La de quien entiende que vivir no consiste en encontrarse, sino en soportar con cierta ternura todas las personas que uno ha sido.

Y en aprender, poco a poco, a no pedirle al espejo una sentencia, sino compañía.

Pues cada día, incluso cada momento, son diferentes y como diferentes que son nosotros también, somos versiones, momentos, días… pensamientos diferentes según la circunstancia y ahí es donde reside la verdad, la autenticidad.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Entre rosas y gaviotas... no sé

Soy... poesía

Postureo, S.A.