Cloacas

Bajo el mármol pulido del Congreso,

bajo el discurso limpio y bien planchado,

ruge una ciudad de tuberías negras,

el reino de las siniestras sombras,

una patria de despachos perfumados

donde la verdad entra mendigando

y la mentira sale en coche oficial.

 

Las cloacas.

 

Allí no hay colores. No.

Ni rojo. Ni azul. Ni morado. Ni verde.

Allí sólo existe el color del dinero.

Y mientras la grada se queda afónica

defendiendo sus siglas como fanáticos,

los dueños del tablero brindan juntos

cuando se apagan las cámaras.

 

Camps. Los ERE. Kitchen. Bárcenas. Leire.

Zapatero. Sánchez. Begoña. Koldo. Ábalos. Cerdán.

Aldama. Julián Muñoz. Urdangarin…

y un largo etcétera.

Nombres que atraviesan décadas, ecos de un mismo teatro,

actores que cambian de máscara

y, mientras tanto, el escenario permanece intacto.

 

Porque el truco nunca fue la ideología. Que va.

El truco fue convencernos, sí.

Convencernos de que nuestros empleados eran nuestros amos.

Y allí seguimos. Y así seguimos.

El obrero contra el obrero. El vecino contra el vecino.

El hermano contra el hermano.

Discutiendo en los bares, en las redes,

en las cenas de Navidad…

Defendiendo trincheras prestadas. Impuestas.

Creyendo que la derecha salvará lo que la izquierda destruyó.

Creyendo que la izquierda salvará lo que la derecha vendió.

Creyendo, esperando, mirando hacia otro lado. Nada más.

 

Y las cloacas, agradecidas, aplaudiendo. Sonriendo.

 

Qué maravilla somos de pueblo.

Nos vacían los bolsillos y discutimos sobre banderas.

Nos suben los costes, los precios, nos quitan las oportunidades,

nos hipotecan el futuro, y ¿Qué hacemos?

Lo que mejor sabemos,

respondemos como hinchas que defienden al delantero

mientras el presidente vende el estadio.

Porque el ciudadano dócil, sí, es la joya de cualquier sistema.

El acomodado que bosteza. El pasota que encoge los hombros.

El que dice: “Todos son iguales”

Y, acto seguido, –vota, calla, paga…- vuelve a entregarles el mando.

El que se indigna cinco minutos y olvida veinte años.

El que protesta en voz baja para no molestar demasiado.

 

Las cloacas no temen al corrupto. Ni por asomo.

Las cloacas temen al ciudadano despierto.

Por eso incendian todo con ruido. Por eso fabrican enemigos.

Por eso convierten cada elección en una guerra entre los pobres.

Mientras ellos reparten cargos, comisiones, favores,

promesas, campañas, asesores, chiringuitos, puertas giratorias

y discursos reciclados. Inventados, vacíos. Y nosotros los llenamos.

Y nosotros pagamos. Siempre nosotros.

Pagamos la factura. Pagamos la deuda. Pagamos la fiesta.

Pagamos el rescate. Pagamos el error. Pagamos la mentira.

Pagamos incluso el silencio.

Pero cuando la cuenta llega (sin pedirla porque estábamos invitados),

los culpables ya están lejos, protegidos por abogados, por contactos,

por titulares minuciosamente, cuidadosamente, redactados.

Entonces aparece otro salvador.

Otra sigla. Otro lema. Otra sonrisa. Otra corbata.

Otro vendedor de humo. Vendedor, sí.

Y el pueblo, agotado, hambriento de esperanza,

vuelve a comprar la misma mercancía.

 

Las cloacas no están bajo Madrid. No están bajo Sevilla.

No están bajo Valencia. Ni siquiera bajo los ministerios.

Las cloacas están donde la obediencia sustituye a la conciencia.

Donde el miedo sustituye al pensamiento y el amiguismo a la verdad.

Y allí, en esa oscuridad cómoda, siguen creciendo.

Las cloacas. Apestosas, asquerosas.

Alimentadas por nuestra división. Engordadas por nuestra indiferencia.

Protegidas por nuestra memoria corta.

Hasta que un día comprendamos

que no hay derecha suficiente, ni izquierda suficiente,

capaces de salvar a este pueblo

que renuncia a vigilar a sus gobernantes. Que renuncia a todo.

 

Y es que ningún cargo es rey. Ni siquiera el rey.

Ningún partido es patria. Ni patriota. Ningún líder es sagrado.

Que por haber olvidado eso hemos terminado viviendo entre ratas,

llamando democracia al rumor interminable de las cloacas.




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