Odisea
Ulises huía de las sirenas -de policía-,
con Troya ardiéndole aún
dentro de la cabeza.
Arrastraba, prisionero, un
caballo de madera cargado de sueños, del que escapaban, heridos, sus anhelos.
El mundo olía a vino viejo y
a vicio roto,
a hombres perdiéndose lejos
de sí mismos, hombres que olvidaron su destino.
Pero él seguía el hilo rojo
de su sino,
cruzaba el dolor y el
precipicio
por volver a los ojos de su
camino.
Y es que Penélope era
tranquilidad en medio del abismo, paz entre la guerra, la única verdad sobre la
tierra, la luz que no naufraga con la luna.
Ella era su Ítaca, su fuego,
su sentido…
Él, marinero del dolor y del
camino.
Y aunque los mares, el tiempo
y la guerra rugieran, a pesar de
que el tiempo lanzara su condena, ni el mar, ni Aquiles, ni Héctor… ni el mismísimo olvido pudieron separar aquella escena, ya que hay
amores que ni los dioses destierran:
“dos almas que se buscan sin
ruido”.
Porque la Odisea no era
volver a casa, no.
Era, más bien, aprender que
dos almas pueden eternamente esperar.
Eternamente ser y estar.
Era amar a alguien más que al
mundo –la tragicomedia misma del teatro griego-
y volver, aun llegando tarde,
al ruego.

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