Impuesto a la felicidad
Nos pusieron el IVA en la alegría,
gravaron los instantes,
las risas a plazos,
la ilusión en cómodas cuotas mensuales.
Nos vendieron sueños de lotería,
dosis falsas,
brillos de escaparate
con el impuesto incluido en la felicidad.
Crecimos creyendo en ese contrato invisible,
firmado sin leer la letra pequeña,
donde todo parecía posible
y nada nos pertenecía.
Hacia un día silencioso caminábamos,
sin saber muy bien por qué,
con el ruido constante
de voces que no eran nuestras.
Era un día muy Capricornio,
pesado, disciplinado, inevitable,
de esos que te empujan hacia adelante
aunque no quieras avanzar.
Y yo…
yo me creía feliz con todo aquello,
con lo que me vendieron,
con lo que aprendí a desear.
Sus pantallas, sus promesas,
sus vidas perfectamente editadas,
sus redes invisibles
en las que caímos
como peces sin sospecha.
Y ahora,
cuando el silencio por fin hace ruido,
me pregunto quizá
cuánto de todo eso era mío
y cuánto simplemente
fue bien contado.
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