Hipoteca del alma

 Hipoteca del alma


Vendí tus besos,

lo último que me quedaba de ti,

como se venden los restos de un incendio

cuando ya no queda casa,

ni hogar, ni fuego.

 

Mi alma, esa ya no era mía:

la había empeñado al mismo demonio

una noche sin estrellas,

cuando tus silencios dolían más que tus gritos.

 

Ambos —alma y beso—

se encontraron en esa pared

 

que pinté del color de los recuerdos,

ese gris sucio que huele a humedad y abandono,

donde los retratos se cuelgan para morir despacio.

 

Lloré sangre,

porque las lágrimas se habían secado

como se secan los ríos que olvidan su cauce,

y me quedé mirando el vacío

sin la absurda esperanza de olvidarte,

porque olvidar es un lujo

que los condenados no pueden pagar.

 

Y aquello que vendí,

lo volví a comprar al precio más alto:

con horas rotas,

con noches donde el insomnio

es un animal que me respira en la nuca.

 

Y fue la tristeza

—vieja usurera sin rostro—

la que dictó el tipo de interés,

sumando deudas de pasado y cicatrices,

como si el amor

hubiera sido siempre

una transacción en la moneda del dolor.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Entre rosas y gaviotas... no sé

Soy... poesía

Postureo, S.A.