Donde la luz aún canta

 

Donde la luz aún canta

 

La vida no se mide en años,

sino en latidos que nos estremecen el alma,

en las miradas que no supimos olvidar,

en los silencios compartidos

cuando el mundo ya no decía nada.

 

Somos instantes cosidos a retazos,

caminos que se cruzan y se deshacen,

la risa que brota en medio del llanto,

la mano tendida cuando todo duele

y el abrazo que llega justo antes de caer.

 

El amor…

No siempre se dice. A veces es gesto,

una taza de café esperándote caliente,

el mensaje breve, el “¿cómo estás?” sincero,

o quedarse en silencio y aun así sentirse

acompañado.

 

La amistad es el hilo invisible

que no se rompe, aunque tiemble la voz,

aunque la distancia raye los mapas.

Es volver a alguien tras mil inviernos

y hallarlo intacto en el corazón.

 

Y están los recuerdos,

esos espejos polvorientos que nos miran

con ternura y con cuchillos.

A veces son refugio, otras, herida.

Pero siempre, siempre nos enseñan.

 

Hay días que caen como lluvia tibia,

y otros que hieren como soles de julio,

pero todos, absolutamente todos,

te enseñan a mirar la vida de frente

y a agradecer que aún respiras.

 

Porque al final,

vivir es atreverse.

A querer, a fallar, a perderse un poco,

a volver a empezar cuando no quedan fuerzas,

a escribir con el alma, aunque el papel tiemble.

 

Busca la perfección

solo en lo imperfecto:

en la grieta que deja pasar la luz,

en el temblor que te recuerda que estás vivo,


en las palabras que sanan,

en los pasos que aún no das,

y en la certeza de que, mientras ames,

nunca estarás solo.

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