Entre rosas y gaviotas... no sé
No sé por qué seguimos echando migas a gaviotas que apenas recuerdan cómo volar, si solo sobrevuelan para cagarse en nosotros. Ni por qué regamos rosas ya muertas, sin color, sin perfume, que cuando huelen es a vertedero y promesa rota. El cuento no necesita narrador: se explica solo. Y yo me río, como se ríen ellos, con la boca llena y las manos limpias. Porque gaviotas y rosas no son símbolos, son una mafia: la del voto domesticado, la del turno, la del “ahora tú, luego yo”. Nos atan con alas torcidas y espinas oxidadas, nos llaman jardín mientras lo pisan. Ratas del aire, flores secas… ¿qué más da el nombre? Cuatro años más, otros cuatro después, y nosotros sin jardín, sin rosas, sin cielos. Solo mirando aves que no vuelan y esperando primaveras que nunca llegan.
Comentarios
Publicar un comentario