Los españoles avanzan ante la muerte
Los españoles avanzan ante la muerte
Caminaban por un estercolero de sangre, heces y tripas y sesos esparcidos. Despacio. Encogidos. Se tapaban la nariz ante la nauseabunda escena de aquellos cuerpos esparcidos. Como podían avanzaban. En silencio. Parecía que el mundo se había caído en mil pedazos. El hedor a muerte, azufre, óxido... se diluía con el humo de cráteres aún palpitantes. La niebla inundaba el horizonte, cada vez más cercano. Los cadáveres, o lo que quedaba de ellos, avisaban al que los miraba, a quien se creía vivo en aquella escena de la muerte. La sangre decoraba el suelo, roja y negra. Las alimañas acudían a terminar el trabajo. Mientras, aquellos hombres fatigados y hastiados, derrumbados ante lo que alcanzaba su vista, continuaban su marcha. Se tapaban la nariz, se quitaban las moscas que acudían a su encuentro como queriendo saludarles, otros devolvían. Sus ojos ensangrentados no daban crédito a lo que veían. Otros, buscaban la fe en lo que parecía el cielo, preguntándose donde estaba dios si había permitido aquello. El silencio, aliado de la muerte, era entonces el rey de aquel escenario donde todos yacían, donde eran iguales por fin. Los muertos eran los que hablaban pues, pero los vivos que caminaban no los oían, quizá porque deseaban estar también muertos. La agonía del corazón retumbaba en los oídos y sienes. Extremo cuidado ponían. Caminaban. Lentamente. Silencio en el ambiente. Humo, polvo, metralla y sangre. Cadáveres, cuerpos destrozados. Los españoles avanzan ante la muerte.
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