No sé por qué seguimos echando migas a gaviotas que apenas recuerdan cómo volar, si solo sobrevuelan para cagarse en nosotros. Ni por qué regamos rosas ya muertas, sin color, sin perfume, que cuando huelen es a vertedero y promesa rota. El cuento no necesita narrador: se explica solo. Y yo me río, como se ríen ellos, con la boca llena y las manos limpias. Porque gaviotas y rosas no son símbolos, son una mafia: la del voto domesticado, la del turno, la del “ahora tú, luego yo”. Nos atan con alas torcidas y espinas oxidadas, nos llaman jardín mientras lo pisan. Ratas del aire, flores secas… ¿qué más da el nombre? Cuatro años más, otros cuatro después, y nosotros sin jardín, sin rosas, sin cielos. Solo mirando aves que no vuelan y esperando primaveras que nunca llegan.
Vivo entre romances y tú eres el romancero. Se me acercan cantigas, bellas, verdaderas, coplas de Manrique, del marqués de Santillana, López de Mendoza al verso. Por amor de Dios: Santa Teresa, Juan de la Cruz. Vivo entre letras doradas, como anillo al dedo, alianza de honor, de letras y espada: Cervantes, Tirso, Boscán o Quevedo. Siglo de Oro. Me enamoré en un cementerio, quizá de la muerte; romanticismo, decían. Juan e Inés, ¿verdad? Bécquer, Espronceda, Zorrilla. Vivo entre besos, entre versos, enlazado y encadenado a estas malditas, suicidamente hermosas letras españolas. Ahora soy Unamuno, Lorca, Delibes, Machado, Hernández, Cela, Celaya, Rosalía… Mil vidas quiero, y ninguna si no escribo. Vivo y rimo; si no, muero. Soy… poesía.
Postureo, S.A. No te olvides, por favor, de inmortalizar tu tostada de aguacate con filtro Valencia y sonrisa de catálogo. Que nadie sospeche que desayunas ansiedad y café recalentado de promesas rotas. Haz stories de tus risas enlatadas, boomerangs de abrazos que no sientes, y reels con banda sonora de vidas ajenas que juras que algún día serán tuyas. Sube tu cuerpo, pero esconde tu alma. Publica tu "éxito", pero archiva tu vacío. Que nadie se entere de lo jodido que estás, porque la tristeza no da likes , ni seguidores, ni colaboraciones. Haz postureo de tu felicidad prefabricada, como quien cuelga una sonrisa en un perchero. Finge que vives, aunque estés en pausa. Que parezca que sueñas, aunque solo imites. Muéstrales tu plato, no tus miedos. Tu gimnasio, no tu insomnio. Tu "relación perfecta", no las discusiones silenciadas con el volumen bajado para que no molesten al algoritmo. ...
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